"Espinosa de Cerrato (Palencia)"

23 septiembre 2018

PASEO POR EL PUEBLO (II) (28/07/2018)

MIS PASEOS POR EL PUEBLO.

-. 28 de Julio del 2018.-

Contento con el paseo que me había dado la semana pasada, decidí este sábado, 28 de Julio, subir al cotarro de Santa Lucía y recordar y repetir lo que en numerosas ocasiones había hecho en años anteriores: ver amanecer desde lo alto de dicho cotarro y volver a sentir las sensaciones que siempre me ha producido este hecho.

Tomada la decisión el día anterior, había que madrugar y estar en lo alto del cotarro al “venir el día”. Nunca me he tenido que poner un despertador para levantarme a una hora determinada, como que una alarma interior me hiciera despertar a tiempo. Cuando me levanté aún era de noche, me lavé un poco la cara y un vaso de agua con el zumo de un limón me sirvió para tomarme la pastilla de la tensión.

Con un niki, la mañana se presentaba con una temperatura extraordinaria y una serie de respiraciones profundas que hice nada más salir a la carretera me ayudaron para que diez o quince minutos más tarde estuviera sentado en lo alto de Santa Lucía justo cuando empezaba la claridad a anunciar un nuevo día.

Dediqué unos cuantos minutos, nada más sentarme, a concentrarme un poco y a escuchar el silencio, porque no os lo creeréis, pero el silencio también se oye. Yo, al menos, lo oigo y me encanta y me tranquiliza enormemente.
Inmediatamente retrocedí a alguna de las veces en las que en años pasados me había sentado en este mismo sitio a ver amanecer. Recordaba, sentía y oía en mi interior los primeros gruñidos que se empezaban a oír de los cerdos de la granja Defeso, ubicada abajo, no lejos de la carretera de Villafruela. Se empezaban a oir los primeros balidos de las ovejas que los pastores comenzaban a ir sacando de la tenadas donde las tenían encerradas para llevarlas al campo, así como los ladridos de los perros que ayudaban a poner un poco en orden dichos rebaños; de vez en cuando se oía el graznido de algún grajo y algo más suave el de alguna urraca o pigazo.
Reproducía en mi interior estos ruidos que había oído años antes e irremediablemente quise compararlos con los que oiría hoy, cuando terminaba de subir al cotarro de Santa Lucía.

Me gusta hablar conmigo mismo, es la manera que tengo de ir viendo posibilidades, como cambiando opiniones conmigo mismo. Alguno puede pensar que eso de hablar con uno mismo es no estar muy cuerdo; bueno, que cada uno piense lo que quiera, yo desde luego no lo voy a tomar a mal.

- Vamos a ver, Aniano, oyes los mismos ruidos que en años anteriores?
- Bueno, no corras tanto, es pronto todavía, espera un poco.
- Pronto?. Yo creo que no. Otros años ya se habían oído los gruñidos de los cerdos de abajo, los balidos de las ovejas se oyen muy poco, así como los ladridos de los perros.
- Bueno, llevas razón, pero ten en cuenta que hay muchas menos ovejas y en consecuencia menos perros. Las naves de los cerdos están cerradas, malamente los podemos oír si no los hay.
- Luego llevo yo razón que ya no se oyen los mismo sonidos que hacía años.

En ese momento oigo el graznar de un cuervo, minutos después también empiezo a oír el arrullo de las palomas que se posan en lo árboles cercanos de la vega. Mira que son grandes esas torcaces, pesa un kilo cada una.

- Esto se anima, pensé, pero algo en mi interior me decía que las cosas estaban cambiando.
- En unos segundos vamos a ver el disco solar, mira la claridad que se ve allí, he dicho señalando un punto concreto por el que efectivamente, al poco tiempo ha empezado a salir el sol.
- Mira detenidamente hacia los huertos, fíjate la cantidad de ellos que ya están perdidos, cómo va creciendo la maleza en ellos. 
- Hombre, date cuenta que los jóvenes pasan de las labores hortícolas, ni les gusta ese trabajo ni es productivo.
- Ahí te quería llevar yo: conclusión que en diez o quince años el noventa por ciento de los huertos estarán perdidos y se formará una selva que no se pueda entrar por ella. La maleza, hierbas, arbustos lo cubrirá todo.

Me he quedado muy pensativo al oír esto. He seguido contemplando ensimismado mi pueblo, sus casas y también se empieza a ver alguna hundida. Hay unas cuantas en venta pero nadie las compra. Hay muchas personas mayores que en quince o veinte años habremos desaparecido…. Chico, chico, me ha entrado un malestar en el cuerpo y me he puesto muy triste: mi pueblo, como otros muchos, se está muriendo, se va a quedar despoblado de todo. En estos años quedarán quince o veinte labradores que cultivarán las siete mil hectáreas del pueblo, que vivirán en Palencia, en Burgos, en Lerma… y el pueblo se quedará vacío, sin vida, sin niños….

Me he puesto un poco de pie, para respirar más profundamente y tratar de serenarme un poco. Cuando me he sentido un poco mejor me he vuelto a sentar, a pensar y he empezado a soñar un poco:

- Anímate un poco, hombre, que a lo mejor no es tan negro el horizonte como lo estás pintando.
- Te doy la razón y además te voy a decir una cosa: quiero pensar que unos jóvenes que aún están por nacer, nacerán con el chip cambiado y pensarán y lo llevarán a efecto y formarán grandes cooperativas. Quizá dentro de cincuenta años se hable mucho de la cooperativa del Cerrato, por ejemplo, enorme y funcionando a todo trapo, autoabasteciéndose del todo y abriendo mercados en el extranjero para vender sus productos.
Los labradores tendrán que cambiar mucho, tendrán que entender que esa cooperativa será como una gran empresa en la que ellos trabajarán como empleados y unos días les tocará arar, otros cosechar y tendrán su sueldo y participarán en los beneficios de la cooperativa. Tendrán que admitir una bien preparada dirección, con abogados, economistas, comerciales que abran camino en el extranjero…
- Para, para, pero qué pasa?. Joder, macho, no puedes pasar en un momento de ese pesimismo que tenías hace un rato a hablarme de la cooperativa del Cerrato de dentro de cincuenta años…
- Bueno, vale, llevas razón, pero déjame soñar un poco. O no puedo?
- Sí hombre, cómo no. Si hasta te entiendo y me parece bien, pero…

Pero no me está llenando ni la salida del sol que ha sido preciosa, ni la extraordinaria temperatura que hace, ni la frescura que al respirar me llena los pulmones de aire puro. Algo bulle en mi cabeza que me pone un poco nervioso.

Me levanto y voy bajando por el camino hasta llegar a la carretera. En vez de irme hacia casa, bajo paseando hasta la raya, haciendo ejercicios de respiración profunda. Me estoy serenando, me estoy tranquilizando. A la media hora estoy entrando en casa, más animado, y a pesar de todo lo que había experimentado esta mañana, pienso que ha merecido la pena haber visto amanecer, ver salir el soloír todavía algunos ruidos aunque me indicaran que el pueblo no despertaba con el vigor y energía de años pasados, que estaba más apagado… y esto me ha dolido. Pero bueno, qué voy a hacer. Seguiré dando mis paseos y reflexionando, que siempre viene bien y os haré partícipes de esas reflexiones.

Aniano Arnaiz.


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